De tal modo, cuando caminaban desde el hotel hacia los antros de perdición donde se ganaban la vida, ambos socios pasaban por frente a una especie de distribuidora de golosinas y productos para kioscos que funcionaba en el garage de una casa. Y frecuentemente, entre entrega y entrega de cajas de alfajores, chicles y pastillas, observaban al encargado del depósito que se acercaba al zaguán continuo, apretaba un portero eléctrico y pedía a su polola, novia o amorcito que le bajara un cafecito en los términos más cariñosos que pueda imaginarse. Así, para los dos compadres era habitual escuchar los tiernos "¿Me bajás un cafecito, Negrita", los amorosos: "Este Negrito quiere un cortadito, mi amor" o los rimbombantes: "Tengo frío, cuchi-cuchi. ¿Habrá un cafecito para mi?" que producían, invariablemente, un cruce de miradas tan cómplice como despectivo de parte de los dos degenerados.
Otras veces, pasaban por el garage cuando el pedido ya había sido hecho y veían bajar a una guaina morochaza, joven y simpática, a la que acertadamente apodaron "la Sinculo" por sus posterioridades achatadas, que portando bandeja, cafecito, galletitas y vasito de juguito, se acercaba a su enamorado preguntándole, por ejemplo: -¿Adivine qué le trajo su amorcito, mi negro?
Y así sucedió que una mañana, justo en el preciso momento en que pasan frente al garage, los amigos ven alejarse al tipo de la distribuidora y meterse, vaya a saber por qué motivo, en el bar de la esquina. Y, como siempre sucede, en ese mismo instante resultan ser abducidos por unas entidades alienígesas provenientes del planeta de la jarana y el pitorreo, se miran, se entienden telepáticamente y proceden en consecuencia.
-¿Va Ud, mi socio, o voy yo? -dice seriamente el Gordosimón-
-Vaya Ud, compañero. Yo sé que no me va a defraudar -responde el nieto de puta-
Y el Simón va. Con decisión va. Se acerca al zaguán, toca el timbre y cuando le responde la Sinculo, da inicio a un diálogo antológico, a un diálogo bisagra que marcó un antes y un después en la historia de los enamorados.
-Dígame, Princesa: ¿Tendrá un rico cafecito para su Cuchi-cuchi? -ataca el Simón, con voz enamorada desde el portero eléctrico-
-¡Y cómo no, mi Rey! -mordiendo el anzuelo, la inmediata respuesta de la polola- En un ratito se lo llevo. ¿Va a querer algo más?
-Sí, seguro. Quiero que prestes más atención y que no me lo traigas frío como la otra vez. -clava el alfiler de la discordia, el máster con medalla de oro de la escuela de los mal paridos-
-¿Sabes qué, guacha...? -ahora inspirado y contundente, el Simón- Al café podés metértelo en ese culo caído que tenés. Mejor me voy a tomarlo al bar...
Y ahí nomás, el Simón se aleja del zaguán, lo toma del brazo al inimputable y doblan juntos la esquina para perderse en la ciudad. Y serios como empleados de funeraria comentan sobre el deterioro de las relaciones de pareja en las sociedades modernas, la falta de alicientes en las convivencias urbanas y la influencia del peso de la rutina en las tasas de divorcios...









